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Aug 3

Por qué el matrimonio gay es algo bueno para la América heterosexual.

Mientras las parejas del mismo sexo marchan hacia el altar en Nueva York, el autor reflexiona sobre su propia vida, el amor y la búsqueda de la felicidad.

por Andrew Sullivan 

Cuando era niño, cuando pensaba en el futuro, todo lo que veía era negro. No me sentía miserable ni deprimido. Era un niño alegre, tan feliz jugando con mi pandilla de amigos en la escuela primaria como cuando ocasionalmente me tomaba un día para estar solo en los bosques que rodeaban el pequeño pueblo en el que crecí. Pero cuando pensaba en el futuro lejano, sobre lo que iba a hacer y ser como adulto, me quedaba en blanco. Simplemente no sabía cómo iba a vivir, dónde iba a vivir, con quién iba a vivir. Sólo sabía una cosa: no podría ser como mi papá. Por alguna razón, sabía en el fondo que no podría tener un matrimonio como el de mis padres.

Es difícil expresar lo que ese sentimiento le hace a un niño. En retrospectiva, fue una aguda y predominante herida en mi alma. En el preciso momento en que te das cuenta del sexo y de la emoción, simultáneamente sabes que para ti no hay emparejamiento futuro, sin familia en el futuro, sin hogar futuro. En mi futuro, me veía exiliado de lo que conocía: mi familia, mis amigos, cada hogar en la televisión, cada final de cada película romántica que había visto. Mi abuela lo cristalizó con el estilo clásico y ligeramente cruel del británico: “Tú no eres del tipo que se casa”, dijo. Fue una de esas cosas que tocaron una fibra sensible de ese enorme dolor, y mi orgullo me obligó a aceptarlo. ”No, no lo soy”, le contesté. “Me gusta mi libertad.”

Eso no era una mentira. Pero sí era una evasiva y yo lo sabía. Y cuando la pubertad llegó y me di cuenta que podría ser “uno de ellos”, me refugié en mi interior. Era una sensación extraña - tanto la euforia del deseo sexual como el desolador pánico a tener que vivir solo el resto de mi vida, mintiendo o usando eufemismos, inventando alguna fachada pública para ocultar una vergüenza privada. Era como si entraras en un ascensor que estabas esperando para subir, las puertas se cierren, y de repente te dieras cuenta de que se dirigía hacia abajo. Cuando esto pasó, el futuro se volvió negro para mí, el suicidio por momentos entraba en mi mente y mi única legítima pasión era sacar notas sobresalientes porque en ese momento era todo lo que sabía hacer. Me mantuve alejado de las fiestas; no aprendí a conducir; perdí contacto con esos amigos cuyo interés de repente se volvió hacia las mujeres. Y algo comenzó a morir en algún lugar en mi interior.

Lo llaman el día más feliz de la vida por una razón. Casarse es muchas veces la bisagra sobre la cual cada generación de la familia se abre de par en par. En mi vida pueblerina, era mucho más importante que el dinero, la carrera o la fama. Y pude ver el punto de mi abuela: la falta de alguna cita o interés por ellas, la ausencia de relaciones íntimas, o de cualquier conducta adolescente normal, efectivamente, me hacía parecer un solitario clásico. Pero no lo era. Porque nadie lo es. “Todo el mundo alberga/ La idea de vivir la vida al dictado del amor”, como el poeta Philip Larkin lo describió, así como el temor a nunca ser amados. Eso, como Larkin agregó, nada lo cura. Y yo me sentí, por un tiempo, incurable.

Pueden tener tantos debates sobre el matrimonio gay como quieran, durante los últimos 22 años de campaña por él, he tenido mi cuota. Se puede debatir la teología y la división entre Iglesia y Estado, el tema de la procreación, la cortina de humo de la poligamia, y así sucesivamente. Pero a lo que realmente todo se reduce es a la institución primaria del amor. El pequeño porcentaje de personas que son gays o lesbianas han nacido, como todos los seres humanos, con la capacidad de amar y la necesidad de ser amados. Estas dos cosas, por encima de todo, son las que hacen que la vida valga la pena. Y a diferencia de cualquier otra minoría, casi todos nosotros crecimos rodeados y aparentemente formando parte de la mayoría, en familias donde la más alta forma de ese amor era entre nuestros padres dentro de un matrimonio. Sentir que nunca vas a conocer eso, que nunca sentirás eso, es experimentar una profunda herida psicológica que toma años curar. Es llegar a quedarse psicológicamente sin hogar. Por lo cual, creo, el concepto de “salir del clóset” no es del todo correcto. En realidad debería llamarse “volver a casa”.

Al final, tuve que dejar mi casa con el fin de encontrarla de nuevo y conocer aquel lugar por primera vez. Salí de Inglaterra justo después de mi cumpleaños número 21, hacia los Estados Unidos y su promesa fundamental: la búsqueda de la felicidad. Y me di permiso a mí mismo para buscarla. Nunca olvidaré el momento en que besé a otro hombre por primera vez: era como si una película en blanco y negro de repente se volviera a colores. Nunca olvidaré la primera vez que dormí al lado de otro hombre - o más bien traté de dormir. Nunca, ni por un momento realmente sentí o verdaderamente creí que nada de esto estaba mal, por no hablar de ”intrínsecamente mal”, como mi estricto catolicismo me dijo alguna vez. Era tan natural, tan espontáneo, tan alegre, que no podría estar mal: era como respirar. Y como experimentaba la intimidad y el amor por primera vez en la edad adulta, toda esa fragilidad de la adolescencia gay, toda la estresante vergüenza, los engaños y las excusas y las oscuras y profundas depresiones desaparecieron. Sí, ésta era la felicidad. Y Estados Unidos para mí siempre la va a representar.

Y es por ello que la igualdad del matrimonio es, en mi opinión, la extracción del significado esencial de los Estados Unidos. Si eres un heterosexual leyendo esto, ¿has considerado alguna vez por una milésima de segundo que tu derecho a buscar la felicidad no incluye el derecho a casarte con la persona que amas? Y es por ello que, a lo largo de los siglos, la Corte Suprema de los EE.UU. ha defendido el derecho a casarse para todos, ciudadanos e incluso viajeros, como un derecho inalienable y primordial, otorgado por la propia Declaración de Independencia. La Corte ha dictaminado que el derecho a contraer matrimonio precede a la Carta de Derechos de los Estados Unidos. Se ha decidido que los presos condenados a muerte tienen derecho a casarse, aunque nunca puedan consumar el matrimonio. Se ha establecido que no hay limitaciones que puedan imponerse por nadie en el matrimonio – por padres abusadores, por ejemplo - y así, pueden casarse los divorciados múltiples, los criminales, los no ciudadanos. Hannah Arendt escribió en 1959 que ”el derecho a casarse con quien uno desea es un derecho humano elemental… Incluso los derechos políticos, como el derecho al voto, y casi todos los demás derechos enunciados en la Constitución son secundarios a los derechos humanos inalienables: a la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad, proclamados en la Declaración de la Independencia; y, en esta categoría pertenecen sin duda, el derecho a un hogar y al matrimonio”. Y, por supuesto, después de una larga lucha, el matrimonio interracial fue finalmente declarado un derecho constitucional, tal vez en la decisión más radical nunca antes tomada por la Corte, que declaró que el matrimonio civil era uno de los ”derechos civiles básicos del hombre, fundamental para nuestra existencia y la supervivencia.” Barack Obama no es una figura histórica de América porque sea negro, sino porque es el hijo de un padre negro y una madre blanca. Él es la encarnación viva de la búsqueda de la felicidad que el matrimonio representa.

Aún así no creía que me fuera a pasar a mí. Pensé que estaba emocionalmente dañado, con mis sentimientos y sexualidad truncados por todos esos años de soledad y de interrupción del desarrollo emocional. Pensé que mi corazón tenía demasiadas cicatrices cubriéndolo y que podría vivir mi vida bastante bien con sólo amistad y encuentros sexuales ocasionales o citas. Pero la primera vez que puso los ojos en mi esposo, supe que al final tuve suerte. Algunas cosas simplemente uno las sabe. Y cuando finalmente nos casamos unos años más tarde, y nuestras madres nos llevaron hacia el altar por un improvisado corredor en el jardín, y mi hermana hizo la lectura con lágrimas en los ojos, y uno de nuestros beagles aullaba mientras decíamos nuestros votos, y mi padre me rodeó con sus brazos y me abrazó, no oí a la civilización desmoronarse. Sentí como si una herida se hubiera curado al fin. Es un raro privilegio el pasar tu vida adulta luchando por un derecho que fue rechazado primero como una broma, para finalmente obtenerlo en seis estados y en Washington, D.C. Pero, ¿cuánto más raro es tropezar con alguien que pudiera hacerlo realidad? ¡Y que suceda en el transcurso de mi vida! Esta alegría aumenta, se profundiza, se solidifica por el conocimiento de que en alguna parte del mundo, alguien como yo era cuando era niño será capaz de mirar hacia el futuro el día de hoy y no ver esa oscuridad, sino la posibilidad de encontrar un amor y formar un hogar. Me di cuenta de que eso era realmente por lo que había estado luchando durante dos décadas: para sanar al niño que había sido – y al sinnúmero de niños en el presente y en el futuro, cuyos futuros merecen, necesitan, ruegan por un modelo de compromiso, responsabilidad y amor.

Y es por ello que ha sido una tragedia que los conservadores decidieran que esta era una batalla contra la cual estaban decididos a luchar, un avance que se dedicaron a revertir. No tenía sentido para mí. Aquí estaba una minoría pidiendo responsabilidad, compromiso e integración. Y los conservadores estaban decididos a mantenerlos aislados, estigmatizados en la vergüenza, en una indescriptible marginación, bajo la cual los homosexuales sólo podrían ser utilizados para reforzar la primacía de la heterosexualidad. Éramos para ellos meramente una sombra para la heterosexualidad. Lo que ellos no podían ver era que la tradición conservadora de reforma e inclusión, de cambio social a través de las instituciones existentes, de la familia y la responsabilidad personal, todo eso condujo inexorablemente al matrimonio civil para los gays.

Sí, el principal obstáculo fue la religión. Pero no estábamos hablando de matrimonio religioso y estuvimos más que dispuestos a insistir, como en el estado de Nueva York, en la inviolable libertad religiosa de las iglesias, mezquitas y sinagogas para mantener su prohibición del matrimonio gay. Estábamos hablando de matrimonio civil – y en ese aspecto, la tradición religiosa hacía tiempo que había dejado de aplicarse. El divorcio civil cambió al matrimonio más drásticamente para muchas más personas que el permitir ser incluidos al pequeño porcentaje que fue excluído. Y nadie duda del derecho al matrimonio de un ateo, fuera de cualquier iglesia o cualquier religión, así como nadie dudó del matrimonio de parejas que no quieren tener hijos, o de los infértiles. De hecho, cada uno de los argumento contra la igualdad en el matrimonio para los gays se derrumba ante una simple inspección. Y cuando la estadística demostró que en la época del matrimonio homosexual, el matrimonio heterosexual se ha visto en realidad algo fortalecido, que las tasas de divorcio habían disminuido, y que el matrimonio dura ahora más tiempo, incluso aquellos preocupados por las consecuencias negativas admitieron que aquellos argumentos se habían derrumbado. Es por ello que está bien visto que el procurador general de George W. Bush, Ted Olson, llevara la lucha legal contra la Proposición 8 en California, que un juez que Reagan nombró, Anthony Kennedy, fuera el principal juez del Tribunal Supremo que afirmara la igualdad de gays y lesbianas, y que en Albany, al final, los votos ganadores vinieran de los republicanos que votaron con su conciencia.

Por supuesto que esto es nuevo y no tan nuevo. Durante mucho tiempo, gays y lesbianas más valientes que yo se casaron y vivieron juntos, arriesgándose a la violencia, el oprobio y al aislamiento. Durante décadas, estos lazos existieron y lo sabíamos aunque nunca hablásemos de ellos. Yo los vi de cerca cuando era joven, en los años más oscuros de la plaga del SIDA. Vi a cónyuges sosteniendo a sus esposos moribundos, apoyándolos en la hora de sus muertes, insertando catéteres, limpiando los cuerpos rotos que contenían a sus aterrorizadas almas. Esto me demostró sin lugar a dudas que las parejas homosexuales eran capaces de tanto amor, tenacidad, ternura y fidelidad como las parejas heterosexuales. Y cuando me enteré de que sus lazos eran denigrados o demonizados, rechazados o menospreciados, la tristeza se convirtió en una especie de espolón. Durante mucho tiempo, tanto dolor. Para muchos, tanto sufrimiento agravado por el estigma. Pero no nos limitamos a sobrevivir a la plaga. La usamos para forjar un nuevo futuro. Y en los años de lucha, a medida que cada vez más heterosexuales se nos unían, todos empezaron por fin a darse cuenta que esta lucha no era acerca de ser gay. Era acerca de ser humano.

Al igual que el ser gay ya no necesariamente se trata de ser un extraño. Se trata de ser un americano.

18 de julio 2011

(Traducido por Begonia Loayza)

Fuente:  http://www.thedailybeast.com/newsweek/2011/07/17/andrew-sullivan-why-gay-marriage-is-good-for-america.html